El YO como búsqueda de la felicidad: Van Gogh y Matisse

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Patrizia Sabatino
Paleta de pinturas - foto de Daian Gan en Pexels

Paleta de pinturas

Arte y Felicidad, una combinación perfecta, porque ¿quién no siente el corazón lleno escuchando una bella pieza musical de Chopin, admirando una bella pintura renacentista o visitando lugares bellos como podemos hacer durante nuestras vacaciones? Los artistas fueron y son hombres privilegiados, porque tuvieron o tienen un corazón lleno que con el pasar de los años nos han mostrado aquel misterio que, solos, no seriamos capaces de ver, y que además queda para la eternidad. Pensemos en cuántos descubrimientos todavía se realizan de las obras de van Gogh o da Vinci.

En otras palabras, cada gran obra de arte nació con un deseo de infinito y de eternidad y quiere ser un puerto seguro de confort o una ventana hacia el mundo. Es decir, mueve y nos mueve con emociones que nos transportan hacia “algo” más. No puedo no pensar en lo que leí tiempo atrás sobre la experiencia de los voluntarios de la Ambulancia del Deseo que dan cumplimiento a los deseos de felicidad de los enfermos terminales, y justamente algunos de estos anhelos son solamente perderse en la contemplación del océano o ir a ver por última vez una pintura que siempre han amado.

El arte entonces se conecta con un deseo inmenso de felicidad, aunque solo sea por unos instantes, porque tiene que ver con lo más puro del hombre: su corazón. Como dijo Caspar Friedrich, gran pintor romántico alemán, “una verdadera obra de arte solo puede nacer del corazón, de lo contrario es simplemente un artefacto” (Adorno, Piero -- L'Arte italiana -- D'Anna Editorial). Será a partir del romanticismo, entonces, que también en el arte se dará mas espacio a la libre expresión del yo, de la interioridad del artista, que de hecho es un hombre o una mujer que encuentran felicidad en su hacer artístico porque sienten que llegan a la plenitud de su persona, de su interioridad, donando parte de si a los demás. Así lo expresó San Juan Pablo II en su carta a los artistas de 1999: “Nosotros necesitamos de ustedes artistas”.

La misma felicidad, además, es una creación, una obra de arte, porque necesita de un camino, de una inspiración y por sobre todo de encuentros que cambien la vida.

Por eso es que cuando me puse a preparar unos años atrás un encuentro con algunos jóvenes, al pensar en cuáles artistas podían ser testimonio sobre esta reflexión del yo como deseo de felicidad y su realización a través de un encuentro, elegí a van Gogh, paradójicamente justo un artista que decidió sacarse la vida. Pero es justamente en el drama de la experiencia humana, en el dolor, que podemos encontrar señales de una presencia más grande. Solos, como sabemos, no siempre podemos y van Gogh se sentía dramáticamente solo en este camino. De ahí que toda su vida fue un peregrinaje de un lugar a otro hacia una felicidad que no encontraba (Bélgica y luego Francia, de París a Provenza), en búsqueda de una verdadera “casa”, en búsqueda de verdaderos “amigos” que no encontraba y por eso no le quedaba más que mirar al cielo (las estrellas y la luna), mirar más allá, hasta que ni el cielo pudo darle una respuesta porque no encontró ningún “amigo genial” que pudiera cambiarle la vida y hacerle entender que también Vincent, con todos sus sufrimientos estaba hecho para el bien como decía el escritor italiano Franco Nembrini. Por eso sus pinturas cambian de colores y pinceladas según sus estado de ánimo. Una de las más famosas es seguramente Noche estrellada sobre el rio Ródano, (1889) donde se dice que mientras en un primer momento quiso pintar las luces de la ciudad sobre el río, se detuvo luego en la observación del Osa Mayor.

Podemos entonces imaginar que van Gogh, mirando la belleza de las estrellas y del cielo con su azul cobalto, nunca se sentía solo, quizás logrando conectarse con algo más grande que daba un consuelo momentáneo a sus inquietudes existenciales, tal como escribía en una carta: “con frecuencia me parece que la noche está aún más ricamente coloreada que el día” o “tengo el arte y la naturaleza, ¿qué más necesito?”

Cuando miro el cielo de van Gogh me viene a la mente uno de los textos que más me gustó leer en el colegio: “Canto notturno di un pastore errante dell’Asia” de Giacomo Leopardi, que tiene quizás las mismas preguntas de van Gogh antes de sacarse la vida: ¿Por qué vivir?

_Che fai tu, luna, in ciel? dimmi, che fai, Silenziosa luna?

_(...) Ma perchè dare al sole, Perchè reggere in vita Chi poi di quella consolar convenga? Se la vita è sventura, Perchè da noi si dura? Intatta luna, tale E' lo stato mortale. Ma tu mortal non sei, E forse del mio dir poco ti cale.

Pur tu, solinga, eterna peregrina, Che sì pensosa sei, tu forse intendi, Questo viver terreno, Il patir nostro, il sospirar, che sia; Che sia questo morir, questo supremo Scolorar del sembiante, E perir dalla terra, e venir meno Ad ogni usata, amante compagnia. (...)

O en la traducción de Antonio Colinas:

_¿Qué haces, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces silenciosa luna?

(...) Pero, ¿por qué alumbrar, por qué mantener vivo a aquel que, por nacer, es necesario consolar? Si la vida es desventura, ¿por qué continuamos soportándola? Intacta luna, tal es el mortal estado. Pero tú mortal no eres y acaso cuanto digo no te importe.

Tú, solitaria, eterna peregrina, tan pensativa, acaso bien comprendas este vivir terreno, nuestra agonía y nuestros sufrimientos; acaso sabrás bien de este morir, de esta suprema palidez del semblante, y faltar de la tierra, y alejarse de habitual y amorosa compañía. (...)

No es una casualidad que el artista más trágico de la historia del Arte como Van Gogh haya inspirado el nacer del movimiento que hace de la “alegría de vivir” y la felicidad el tema predominante de su arte, o sea el expresionismo de Henri Matisse al inicio del 900. Henri Matisse, como Van Gogh no era católico, pero sus pinturas son un himno a la vida celebrada con colores fuertes como vemos en la célebre pintura La Danza donde los colores fauves de Matisse gritaban cómo el arte es vida y debe transmitir felicidad.

El grito a la vida de Matisse se volverá más fuerte y profundo justo en el momento más difícil de su vida, entre los años 40 y 50 del siglo XX, cuando no pudiendo más caminar y pintar sino solo cortar pedazos de hojas de colores (collage) quiso seguir celebrando el don más grande y feliz que nos han dado: la vida. Deberíamos mirar el célebre collage de MatisseIcaro leyendo estas palabras escritas en el diario Avvenire el año 2.017 en un artículo en defensa de la vida:

Esto es lo que, dentro del hombre, da testimonio del latido de la eternidad: el amor. Ese deseo de cumplir la totalidad que habita en el corazón de todos: creyentes y no creyentes, justos y pecadores, hombres, mujeres y niños de todas las razas, culturas y religiones. Todos somos torpes, como el Ícaro de Matisse. Somos hombres en la sombra y nos cuesta volar. Sí, el hombre es el límite, pero en su corazón la promesa de la eternidad canta agradecida al cielo. Esto deberíamos recordarlo siempre ante la vida amenazada: no existe un límite humano que pueda encarcelar la certeza que nos llega del amor que arde en nuestros corazones: nuestro destino es la eternidad. Lo que debe conmovernos es ese presentimiento de felicidad que es la alegría de vivir.

¿Cuál es entonces la diferencia en este camino hacia la felicidad entre Van Gogh y Matisse?

Creo que está no solo en una mirada diferente hacia la vida vista como promesa de un bien y no solo condena, sino en un encuentro que cambia. Efectivamente, mientras Matisse estaba internado en el Hospital de Nizza por una operación difícil, conoció a una enferma, Mary, que le cuidó mucho y que luego decidió seguir su vocación cristiana de monja de la orden dominica. Cuando Matisse salió del hospital por lo visto quedó impactado de aquel encuentro y decidió trabajar con su amiga hermana en la realización de una capilla. Es así que en sus últimos años de vida realiza su única obra sagrada, la Capilla de Santa María del Rosario en Vence, Provenza, con vitrales maravillosos. El artista mismo la declaró “la gran obra de arte de mi vida” aún teniendo muchas imperfecciones... él dejó dicho a su hijo Pierre antes de morir "Cuando los vitrales estén terminados, quiero donar los bocetos preparatorios a un museo. Sería una locura que bocetos y vitrales permanezcan en un mismo lugar", y fue así que el hijo donó los bocetos al Vaticano y hoy pueden ser vistos en el Museo de Arte Moderno Pontificio en Roma, justo debajo de la Capilla Sixtina.

Entonces un encuentro que tuvo Matisse en los últimos años de su vida fue quizás más que una casualidad y cambió aún más su mirada hacia la vida. Un encuentro que hizo que él decidiera donar, ofrecer su talento, su mirada de felicidad para algo más grande. Un encuentro entonces puede salvarnos la vida y acompañarnos hacia el camino de una verdadera felicidad. En estos momentos de soledad, a través de la trascendencia del arte, podemos también conectarnos con nuestra interioridad y aun mas allá.


Patrizia Sabatino

Licenciada en Letras con especialización en Historia del Arte por la Universidad de Florencia (Italia), Magister en Planificación avanzada en promoción de la lengua y cultura italiana por la Universidad Ca Foscari de Venezia (Italia). Especialista en metodología CLIL (Content and Language Integrated Learning) integrando la enseñanza de la historia del arte con la didáctica del idioma italiano como lengua extranjera. Ha trabajado como docente de historia del arte en la Licenciatura de Música de la UNA y en la Facultad de Diseño y Arquitectura de la Universidad UPAP. Se ha desempeñado como directora académica del Instituto Dante Alighieri de Asunción y responsable del Examen de certificación internacional de italiano PLIDA. Desde 2.010 años trabaja en el Colegio Santa Caterina da Siena en diferentes áreas. Ha estudiado Teatro Danza en Italia con la profesora Paola Corsi en el Estudio Elibè/Teatro di Behemot de Florencia, ideadora del método "Movimentolistico”.

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