Sócrates enseña a Alcibíades por Marcello Bacciarelli

Sócrates enseña a Alcibíades (1776 - 1777)
Marcello Bacciarelli

He tenido mucha experiencia participando en oficinas públicas y en proyectos llevados adelante por consultoras, organizaciones no gubernamentales y organismos multilaterales. Y la sigo teniendo, y me es muy grato contribuir con mi experiencia y conocimientos tanto al desarrollo de proyectos de interés social como a mi propia formación profesional y personal.

Sin embargo, he notado una suerte de “esquizofrenia” metodológica, conceptual y actitudinal en profesionales y organizaciones completas de lo que damos en llamar “el área social”: todo grupo humano o persona que trabaja en proyectos que tienen por objetivo la elevación de la calidad de vida de individuos y comunidades, desde el alimento y el agua hasta la educación y la vivienda; o también el estudio de esos temas desde un punto de vista más económico y político. No es un tema excesivamente complejo como para que solamente “expertos” lo entiendan. Tampoco, sin duda, se da en el 100% de los casos de las organizaciones que trabajan en mi país, Paraguay (espero con fe que las excepciones se conviertan en la regla). Sin embargo, sí reúne las características de la “esquizofrenia”: hablo de alucinaciones y pérdida de contacto con la realidad en el quehacer, en la mentalidad, en las definiciones y metas, en la planificación, en todo el trabajo de organizaciones que de alguna manera trabajan con comunidades humanas, sean humanas o rurales, sean por edad, por lugar de residencia, por actividad laboral o económica en general, o de cualquier otra índole.

Me refiero a la existencia, a priori, de dos sectores confrontados de manera irreconciliable, y que se enfrentan de manera inconsciente, creando “canchas” de disputas eternas sin la menor intención de conectar y crecer, más preocupados por “tener la razón” que por incidir decisivamente para que una comunidad pase de un estado A, de postración, a uno B, de progreso material y espiritual. Esta forma dicotómica de ver las cosas está influenciada por la lógica aristotélica, la “lógica A” (a decir del Dr. Ricardo Almada), que insiste en etiquetar rabiosamente dos cosas diferentes en apariencia (y diferenciadas a la fuerza, bloqueando sus posibles conexiones) y negar la posibilidad de que sean semejantes o que puedan serlo, o incluso una tercera alternativa a ambos polos. Yo llamo a estos sectores “lo social” y “lo económico”.

“Lo social”

Los académicos, profesionales y militantes políticos, los organismos sin fines de lucro, multilaterales y del Estado que trabajan en “lo social” se contraponen activamente a lo económico: no desean bajo ningún concepto que la lógica del mercado ingrese a las comunidades con las que están trabajando. Buscan constantemente capital para llevar adelante sus proyectos, sin lugar a dudas nobles, pero se niegan a que las familias con las que trabajan se capitalicen y apunten a otro estadio material. Constantemente contraponen “empresa” con “proyecto social”, dejando en la nebulosa el sostenimiento material del mentado proyecto, solucionándolo solo a priori con “donaciones” y sin preguntarse cómo es que ese donador se capitalizó (pudiendo tratarse, sin saberlo, de un loable caso de una persona o emprendimiento que salió de la pobreza por sus propios medios), para de alguna manera trasladar esa lógica a las comunidades que necesitan desesperadamente de lo más básico.

Hablando en términos no materiales (actitudes, creencias, ideas), los que trabajan con “lo social” tienden a tener ideas preconcebidas, en muchas ocasiones desde el paradigma híbrido liberal-marxista que hoy es hegemónico: materialismo a ultranza y negación de valores o virtudes y tradiciones con carga moral, lógica de eterna oposición (siempre un adversario culpable, y si no hay se lo inventa), sentimiento de superioridad de la organización o de los individuos que la conforman por sobre la comunidad con la que se trabaja (y por ser superior “enseñará” a la comunidad cómo salir de la situación en la que está), inmediatismo, individualismo y hedonismo (satisfacer placeres o auto-definidos “bienestares” inmediatos).

Los que activan en “el tema social” planifican reuniones comunitarias y procesos de participación, apuntan siempre al “barrio” y a la “construcción colectiva”, pero adolecen de una gran falencia: ellos mismos no pertenecen a comunidad alguna (en el sentido en que exigen a los beneficiarios de sus proyectos), no comparten las creencias de la comunidad donde trabajan (incluso, a causa del materialismo exacerbado, afirman no tener ningún tipo de idea de trascendencia), no participan activa y colectivamente en alguna iniciativa (en el sentido en que exigen a los beneficiarios de sus proyectos), por lo que uno se pregunta ¿en dónde reside la mentada y auto-asumida “superioridad” de los profesionales sociales? Si no experimentaron comunión con otras personas en una misma iniciativa colectiva, genuina, participativa, o no lo hacen con cierta frecuencia, ¿por qué insisten con ver eso plasmado en los proyectos en los que trabajan?

Asimismo, en sus fueros profesionales y académicos, estas personas últimamente han convertido en hegemónicamente aceptable el término “diversidad”, asociado a “disputa” y a confrontación. Lo triste es que este concepto va de contramano totalmente con el concepto de comunidad: mientras que lo primero divide, separa, confronta, exige, encierra a los individuos en sí mismos debido al énfasis hasta el paroxismo de las diferencias (para lo cual se han inventado muchos neologismos y categorías, muchas veces dentro de otras también inventadas), lo segundo concede, integra, junta, construye puentes y dibuja semejanzas y similitudes entre individuos, familias o clanes, cuadras, distritos enteros. Mientras los profesionales que trabajan en “lo social” insisten una y otra vez con la confrontación y con ensalzar las debilidades y miserias de las comunidades donde trabajan (porque eso “vende”), ¿no se preguntarán que tal vez las comunidades buscan justamente lo opuesto: reencontrarse con lo mejor de sí mismas, recuperar sus tradiciones y valores y tenerlas como eje de un decidido progreso? ¿Cómo entender eso, si estos profesionales sociales no tienen como eje de sus vidas individuales o colectivas ninguna tradición, virtud o valor reconocidos y compartidos?

“Derecho” subsidiado

Otro aspecto de este grupo de profesionales es la insistencia con el “derecho”, como palabra de moda. “Derechos conquistados”, “acceder a derechos”, “derechos” creados (muchos radicados en la vida íntima del individuo). Independientemente del notable trabajo de muchos profesionales, en comunidades sumidas en una desesperanzadora pobreza, en los que su trabajo permite que la gente cambie sus ideas y, en lugar de creer que no merecen bienestar y que siempre estuvieron y estarán así como están (mentalidad que aún campea en comunidades postradas en la miseria), comienzan a tener esperanza y a ser conscientes de que una realidad nueva y mejor es posible, en buena parte de los casos el abuso del término “derecho” ha sellado la posibilidad de cuestionar qué significa y qué implica. Un “derecho” sólo tiene sentido en un momento determinado, transitorio, cuando existe una parte en desventaja con respecto a otra, siendo que ambas partes son en esencia iguales o semejantes (hablamos, por ejemplo, de comunidades o colectivos humanos). ¿Por qué es transitorio? Porque es necesario que, en la situación primera, el grupo con ventaja y en mejor posición subsidie al grupo en desventaja y en peor posición. Esto debido a la presión del grupo en desventaja, o a veces incluso a partir de negociaciones y arreglos (vía de dinámicas sociales nunca correcta y suficientemente estudiada), pero siempre reconociendo que el grupo aventajado “está equivocado” y el otro grupo “está en lo cierto”. Este subsidio no puede perdurar para siempre, porque la vida es dinámica y el grupo que en un momento estaba “en desventaja” en algún momento acumulará tales prerrogativas o incluso capital que ya habrá salido de la condición que lo mantenía en esa desventaja, y ¿qué pasará entonces?

Asimismo, a veces esta percepción de “grupo con privilegios versus grupo despojado de privilegios” tiene que ver con procesos biológicos (ejemplo: niños, los cuales necesitan protección, y por ende estar sometidos a ciertas pautas decididas fuera de su esfera, en el campo de los adultos) en lugar de “construcciones culturales” (que el posmodernismo extrapoló a todas las esferas humanas). Y por último: cuando una comunidad en estado de pobreza adquiere tal progreso material y una consciencia de ello, ¿pierde sus derechos? ¿O se convierte en un grupo “privilegiado” que debe concedérselos a otros? ¿No es entonces, “conveniente”, que vastos grupos humanos se mantengan en cierto estadio tal que sean percibidos siempre como “sujetos de derechos”? ¿No es entonces éticamente correcto que el “enfoque de derechos”, en lugar de confrontar, exigir o pedir subsidios, busque el acercamiento de las prerrogativas – los derechos propiamente dichos – con los mecanismos para que sean auto-mantenidos, de manera que, borrando las etiquetas, prerrogativas y responsabilidades sean una sola?

“Lo económico”

En la vereda opuesta a este sector, se colocan (ellos mismos, o son colocados por la “opinión pública”, siendo esta la suma de las opiniones de “la gente”) los profesionales que trabajan en “lo económico”. Son personas enfocadas en ganar dinero, en aumentar el stock de capitales (propios y extraños), y han estructurado una idea extraña: si no se acumula capital, “todo estará perdido” (trabajo, alimento, educación, vivienda, salud, ambiente). El dinero es absolutamente todo, e impregna todas las esferas de la vida, y si existe alguna que escapó a esta concepción monetarista y utilitarista que pone precio a todo, los profesionales que trabajan en este ámbito abogan porque esa esfera sea etiquetada, precintada, valuada, puesta en el mercado y dividida en acciones.

Para estas personas y organizaciones, los seres humanos que pasan hambre, frío, que han perdido sus casas y tierras, que tienen vedado el hablar su lengua o profesar sus creencias si quieren acceder a un puesto laboral o emprender un negocio (que puede tener como objetivo mantener la vida o acumular capital… aunque para los “económicos” todo ser humano busca lo segundo), todas estas personas tienen absolutamente toda la responsabilidad de la situación que están pasando. La injusticia no existe en el mundo de estas personalidades o de sus organizaciones, y toda persona que posea ingentes fortunas, en el 100% de los casos, es porque “trabajó” u obtuvo su capital de forma legítima, legal y éticamente correcta, y no busca bajo ningún concepto acumular más capital del que debidamente puede ni perjudicar pasiva o activamente a otras personas, empresas u organizaciones.

Los conceptos de las personas que trabajan en “lo económico” suelen tener que ver con el “libre mercado”, con la “libre competencia”, con el alejamiento del Estado y de lo público de vastos sectores, con la valoración económica de todo bien o servicio y su intercambio por capital en un mercado desregulado. Sin embargo, al momento de mirar los indicadores del Paraguay, tanto económicos (en alza) como sociales (en baja), es imposible evitar que el argumento de los profesionales “económicos” caiga por su propio peso, y uno piense que en realidad no quieren libre mercado, ni libre competencia, porque el empoderamiento, crecimiento y desarrollo de sectores de la población ubicados actualmente en la pobreza de alguna manera “trabaría” el crecimiento y desarrollo de los que hoy están en la cima. Ni siquiera es un invento: en declaraciones periodísticas o cumbres con autoridades del sector público confiesan que si llegara a existir competencia a sus emprendimientos se quedarían en la ruina, y no están dispuestos a pagar un céntimo para que sus semejantes no sólo coman hoy y mañana, sino que pasado mañana puedan estos prójimos emprender sus propios negocios y decir un buen día “ya no necesitamos de esta ayuda, ahora podemos nosotros ayudarnos y ayudar”.

“Trabajo” e “inversión”: dos conceptos secuestrados

A semejanza del grupo “social”, los profesionales del “tema económico” secuestraron conceptos y bloquearon la posibilidad de que tanto Juan Pueblo como Doctora Juana Élite puedan cuestionarlos y socializar otras formas de concebir esos conceptos. Hablo de “trabajo” e “inversión”. Cuando los “económicos” hablan de trabajo lo hacen casi como si fuera una virtud. Hablan de esfuerzo y dedicación, pero como sustitutos del raciocinio y del sentido común. Desde el punto de vista de ellos, una persona “trabajadora y dedicada” no debe bajo ninguna circunstancia disentir del sistema en el que está inmerso o que le da de comer, ni siquiera inclusive si tiene una mínima alternativa para obtener su pan de cada día y el de sus semejantes. Lo mismo pasa con ellos mismos, los “económicos” y los poderosos sectores que defienden: no existe alternativa, no hay forma de cambiar, sólo puede consentírseles en absolutamente todas sus intenciones porque si no “la economía se hundiría”. Ellos, los “económicos”, desde su propio punto de vista, solo obedecen a las leyes del mercado y jamás cometerían actos deplorables como piratería, competencia desleal, desabastecimiento planificado, especulación, estafa, monopolio, chantaje, actos de mala fe ni coimas. De hecho, para muchos, ni siquiera existen estas acciones o, de existir, no son ellos quienes las cometen o podrían cometerlas.

Lo mismo pasa con el concepto de “inversión”. Para los “económicos” y para la opinión pública prohijada por esta clase de profesionales, “inversión” es cualquier bien que costó determinado monto (al que denominan en todos los casos “capital”). Por ello el lavado de dinero no es preocupación para este sector profesional: porque todo gasto de dinero en determinado bien, que será revendido a tal costo (no importa que sea alto, no importa que sea especulativo) es “inversión”. No existe o no importa que no existan mecanismos de circulación del capital, mano de obra empleada, capacidad de ahorro de grandes sectores de la población gracias a sus actividades laborales, innovación, patentamiento de invenciones en un entorno más o menos cooperativo o al menos no hostil ni una competencia basada en la capacidad para reinventarse, reduciendo costos y precios al consumidor en un entorno de competencia leal y regulada en mínimos (pero firmes) términos: lo único que importa es que alguien tiene dinero (que se lo ganó en todos los casos de forma honesta) y que da trabajo a alguien (aunque ese alguien sea extranjero y se exporte el 100% de los ingresos por trabajo o “inversión” en un sector, aunque ese alguien sea compatriota y lo que gane con su trabajo no alcance para llenar su canasta básica o alcance con lo mínimo, aunque el servicio ofrecido sea de lujo y para pocos o mediocre y masivo, y no exista forma de popularizar lo primero o elevar la categoría de lo segundo).

El enfurruñamiento con el que estos dos sectores conciben e inciden en la realidad nacional asombra, en una época donde la información (o al menos el dato) está a segundos de distancia, donde el acceso a tecnologías que permiten acceder al conocimiento es masivo y donde aprender es una decisión y ya no un privilegio de pocos. El empecinamiento en “tener la razón” y por sobre todo en “hacer ver al otro que está equivocado”, y aún más: en “hacer ver a todos que uno tiene la razón y que el otro está equivocado, y cosechar los aplausos de todos y capitanear las críticas hacia el otro” desgarra la posibilidad de que todos los profesionales podamos trabajar juntos para que la sociedad en la que estamos insertos se desarrolle. Esta sociedad jurídicamente se llama Paraguay, y Paraguay tiene una historia, una cultura, unos (muchos) recursos y un destino que por sí solos merecen todo el esfuerzo en dirección a la elevación de la calidad de vida de todos los paraguayos.

Podrá haber excepciones, como al principio mencioné, y espero que esas excepciones se conviertan en regla lo antes posible. Sin embargo, así como estamos, este abismo existe, y lo más terrible es que en esencia los sectores aparentemente enfrentados son los mismos, piden capital inicial a los mismos financiadores y respetan las reglas puestas por el mismo poderoso grupo de personas. Reitero lo último del párrafo anterior: tenemos un país, un pasado y un futuro juntos, por lo que sobra motivación para hacer crecer la academia, las profesiones, los movimientos políticos y las organizaciones tanto por cada quien como por la sinergia que produce el trabajo mancomunado o en una competencia leal y respetuosa.


Ing. Esteban Orrego

Esteban Gabriel Orrego Rodríguez es Ingeniero en Ecología Humana por la Universidad Nacional de Asunción. Actualmente cursa el Doctorado en Ciencias Agropecuarias en la Universidad de Buenos Aires.

Compartir

BLOG.ITEM.PREV_POST